En este mes del amor y la amistad es un buen momento para reflexionar sobre algo que frecuentemente escucho entre padres orgullosos de la relación con sus hijos: “somos mejores amigos”, destacando la manera en que se divierten y la pasan bien juntos.  La pregunta es ¿podemos ser amigos de nuestros hijos? ¿cómo regular entre ser papás y ser amigos?

Las nuevas generaciones hemos cambiado mucho en la manera de convivir con nuestros hijos.  Se han dado cambios muy positivos en cuanto al acercamiento y la consideración hacia ellos.  Tenemos evidencia de la importancia de un apego seguro para el desarrollo emocional sano que perdura en las relaciones a lo largo de la vida.

Sin embargo, hay que delimitar bien lo que es ser un padre cercano que cumple su función con eficacia y un padre que es amigo (entendiéndose por una relación que se da entre iguales).  Considero que hay varias razones por las que NO conviene ser amigo de los hijos.

En primer lugar, hay una razón básica: los amigos tienen igualdad de poder, un padre y un hijo no.  Si padre e hijo están al mismo nivel, nadie está a cargo, lo cual genera una gran cantidad de problemas.  Puede ejercerse una parentalidad permisiva o incluso negligente.  En el momento que un padre-amigo quiere implementar reglas, difícilmente logrará hacerlo de manera efectiva.  Se requiere consistencia en la disciplina para que funcione.  Los hijos de padres permisivos –que dan rienda suelta a permisos, cambios de horario, esperan poco de ellos, etc.—no desarrollan una adecuada capacidad de autocontrol y de tolerancia a la frustración.

Frecuentemente vemos que los padres excesivamente “amigos” de los hijos, que buscan complacerlos y sobre atenderlos, son papás que, quizá no fueron suficiente vistos o atendidos y buscan compensar estas carencias controlando en exceso la vida de sus hijos.  Esto también es conocido como “Síndrome de Wendy” (más frecuente en mamás) donde se necesita buscar a toda costa la aceptación y aprobación y en un afán de agradar y caer siempre bien, crean hijos “Peter Pan”, quienes no asumen las responsabilidades propias de su edad y permanecen dependientes a los cuidados paternos y más tarde, de otras personas que asumen ese mismo rol.  La cuestión es que un niño que se mantuvo demasiado cómodo, no tiene necesidad de crecer y ve truncada la oportunidad de realizarse como adulto.

También, se dan los casos en que el ser amigo de los hijos se manifiesta en volverlos confidentes de sus problemas, cuando los niños no están en la capacidad mental ni emocional de manejarlos.  Esto puede provocar que los menores tengan niveles elevados de ansiedad e incluso depresión y no una mayor cercanía emocional como los padres pudieran creerlo.   A este respecto es conveniente recordar que los cerebros de nuestros pequeños nacen inmaduros y, aunque nunca dejan de tener cambios, alcanzan su madurez entre los 20 y 30 años, dependiendo del género y de las experiencias que vayan teniendo.  Lo cual confirma que no estamos en igualdad de posiciones para ver y manejar el mundo.

En el otro extremo están los padres que, por diversos motivos, no quieren hacer el esfuerzo de trabajar en todo lo que implica formar a los hijos y prefieren actuar como “amigos buena onda” por comodidad, prestando la menor atención a sus vidas y dejándolos “libres” cuando en realidad están dejándolos a la deriva en las tormentas de la vida.  Esa negligencia finalmente puede provocar trastornos emocionales y un vacío que, al carecer de guía, frecuentemente se llena en lugares equivocados.

Pero que no podamos ser amigos en un sentido estricto, no significa que no podamos ser amistosos con nuestros hijos.  Precisamente, un buen padre que cumple su función como tal, es quien está cercano y disponible para acompañar a sus hijos en el camino de su vida.  Alguien en quien ellos pueden confiar y a quien pueden abrirle su corazón con la seguridad de ser comprendidos y aceptados.   Un buen padre es quien está a cargo de sus hijos con firmeza y la confianza de ser quien sabe más en la relación, por lo que puede poner límites y a la vez dar todo el cariño y los cuidados que los niños necesitan.  Es quien funge como un buen líder, maestro, coach, proveedor… una figura de autoridad que se respeta y admira. Alguien con quien tener conversaciones significativas que se valoran y disfrutan.

Si existe la duda entre qué tan bien estamos delimitando nuestra función de padres-amigos, basta hacer un momento de reflexión y dejar a nuestra intuición contestarnos: ¿qué papel juegan los hijos en nuestra vida?, ¿estamos cumpliendo con nuestro rol y dejando que ellos hagan el suyo?, ¿nos mantenemos presentes, cercanos, amorosos pero firmes en nuestra posición de capitanes del barco?, ¿estamos criando niños sobreprotegidos o estamos formando adultos? Tenemos un regalo maravilloso en nuestros hijos, festejemos la alegría de tenerlos y verlos crecer, festejemos el poder ejercer el arte de ser padres.

Autora: Lorena Morales es psicóloga clínica, psicoterapeuta y tanatóloga, especialista en terapia individual, pareja y familia. Fundadora de Blueprint Human Consulting a través de la cual también brinda asesoría y capacitación a instituciones educativas, familias y empresas. 

Este escrito se publicó por primera vez en el blog propiedad de Pequeñ@s Ciudadan@s, una plataforma educativa que promueve y difunde la Cultura de la Legalidad y la participación ciudadana infantil en los niños y niñas, por medio de la implementación de programas educativos impartidos por voluntarios.

 

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